La llamada “Marcha por la Soberanía” fue convocada por Morena en Chihuahua contra la gobernadora Maru Campos, con el objetivo de exigir juicio político y desafuero por la presunta participación de agentes extranjeros en un operativo contra un narcolaboratorio. El partido intentó vender la movilización como una gran muestra de fuerza política y como una defensa nacionalista frente a una supuesta violación de soberanía.
Pero la realidad terminó siendo mucho menos poderosa que el discurso. Morena prometía una movilización fuerte y terminó con una asistencia que quedó lejos del músculo político que quería presumir. El golpe más incómodo no fue solo que no llenaron; fue que muchas personas ni siquiera parecían tener claro a qué iban o cuál era exactamente la causa de la protesta.
Ahí está el problema: cuando una marcha nace más desde la estructura del partido que desde una exigencia ciudadana real, se nota. Morena quiso convertir el caso Chihuahua en bandera nacional, pero para muchos la movilización se vio más como una protesta armada desde arriba que como un reclamo espontáneo de la sociedad.
El contraste político también pesa. Mientras Morena endurece el tono contra Maru Campos por un operativo contra el narco, no usa la misma fuerza contra los escándalos que tocan a los suyos. Ahí la narrativa de soberanía pierde fuerza y empieza a parecer selectiva: se defiende con marchas cuando sirve para golpear al adversario, pero se administra con prudencia cuando el problema está dentro del movimiento.
Chihuahua terminó exhibiendo algo que Morena no quería mostrar: no toda consigna nacional prende cuando la gente siente que viene impuesta desde el poder. La marcha era contra Maru, pero el mensaje terminó pegándole también a Morena: mucho discurso, poca convocatoria y demasiadas dudas sobre quién realmente quería estar ahí.

















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