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“Los pobres sí usamos acordeones”: la frase que exhibe el escándalo de la elección judicial.

La diputada de Morena, Maribel Solache González, intentó defender el uso de los llamados “acordeones” durante la elección judicial, pero terminó dejando una frase perfecta para el escándalo: “Los pobres sí usamos acordeones”.

La legisladora comparó las guías de voto con los apuntes que, según dijo, ella utilizó durante su vida escolar: en primaria, secundaria, preparatoria, universidad y hasta maestría. El problema es que esta vez no se trataba de un examen de secundaria ni de una tarea escolar. Se trataba de una elección.

Durante la elección judicial circularon acordeones con nombres de candidatos. Eran listas que orientaban a las personas sobre por quién votar, justo en un proceso que se suponía ciudadano, libre e independiente. Por eso la comparación de Solache no solo resultó desafortunada: también exhibió la manera en que Morena intenta normalizar una práctica profundamente cuestionable.

Porque una cosa es estudiar con apuntes y otra muy distinta llevar instrucciones para llenar una boleta. En una elección, las guías de voto no son una ayuda inocente si están diseñadas para dirigir el sentido del sufragio. Pueden convertirse en una forma de presión, inducción o manipulación política.

El riesgo es enorme. Si alguien reparte listas con nombres específicos, la elección deja de parecer libre y empieza a parecer dirigida. Y si además desde el poder se justifica esa práctica como algo normal, entonces el problema ya no es solo el acordeón: es la intención de borrar la gravedad del hecho.

La elección judicial prometía independencia. Prometía acercar la justicia a la ciudadanía y permitir que la gente eligiera libremente a quienes integrarían el Poder Judicial. Pero los acordeones dejaron una duda incómoda: ¿la ciudadanía eligió o solo siguió indicaciones?

La diputada quiso defender lo indefendible con una frase popular. Pero terminó reforzando la crítica central: Morena no solo toleró los acordeones, también intenta convertirlos en algo cotidiano, casi simpático, como si la democracia pudiera resolverse con una lista de respuestas.

Al final, la frase quedó como retrato del escándalo. Porque una elección no se pasa copiando. Y cuando los votos empiezan a depender de instrucciones repartidas en papel, la independencia deja de ser promesa y se vuelve simulación.

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