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Bluetoothing: la peligrosa práctica de inyectarse sangre ajena para intentar experimentar los efectos de las drogas

Una práctica conocida como bluetoothing ha generado preocupación por los graves riesgos que representa para la salud. Consiste en extraer sangre de una persona que ha consumido sustancias psicoactivas e inyectarla en otra con la intención de experimentar los efectos de la droga sin consumirla directamente.

El nombre proviene de una comparación con la tecnología Bluetooth, utilizada para transferir información entre dispositivos. En este caso, quienes recurren a la práctica buscan supuestamente transferir los efectos de una sustancia de una persona a otra mediante la sangre.

Sin embargo, lejos de representar una alternativa segura, el bluetoothing implica una exposición directa a enfermedades infecciosas y otras complicaciones médicas potencialmente mortales.

Uno de los principales peligros es la transmisión de virus como el VIH y los de la hepatitis B y C, que pueden propagarse mediante el contacto con sangre contaminada. La utilización de agujas y jeringas compartidas también incrementa el riesgo de infecciones bacterianas graves y otras complicaciones relacionadas con las inyecciones.

Aunque el término ha comenzado a llamar la atención en redes sociales y medios de comunicación, no se trata de una práctica completamente nueva. Su existencia había sido documentada desde hace años en Sudáfrica, en contextos relacionados con el consumo de drogas y situaciones de vulnerabilidad social.

La práctica se ha asociado con intentos de experimentar los efectos de sustancias sin adquirir una dosis adicional. No obstante, esta idea carece de garantías farmacológicas, ya que la concentración de una droga en la sangre depende de múltiples factores, entre ellos la cantidad consumida, el tiempo transcurrido y la manera en que el organismo procesa la sustancia.

Por esta razón, recibir sangre de alguien que consumió drogas no garantiza experimentar los mismos efectos. En cambio, sí implica riesgos concretos derivados de introducir material biológico ajeno directamente en el organismo.

Además de la posible transmisión de enfermedades, las personas involucradas pueden enfrentar reacciones adversas, infecciones y otras complicaciones que requieran atención médica urgente.

La preocupación también se relaciona con la difusión de contenidos en internet que presentan esta práctica como una supuesta tendencia novedosa. La circulación de videos y publicaciones puede generar una percepción exagerada sobre su alcance, especialmente cuando no existen datos suficientes para establecer cuántas personas la realizan.

En el caso de México, no hay evidencia sólida de que el bluetoothing se haya convertido en una práctica generalizada. Tampoco existen cifras confiables que permitan afirmar que representa una tendencia creciente entre jóvenes o consumidores de sustancias en el país.

Por ello, es importante distinguir entre los casos documentados en determinados contextos internacionales y las afirmaciones que circulan en redes sociales sin respaldo estadístico.

Desde una perspectiva de salud pública, el principal problema no es si esta práctica alcanza popularidad, sino las consecuencias que puede provocar incluso en una sola ocasión.

La transmisión de enfermedades infecciosas, la exposición a sangre potencialmente contaminada y la ausencia de cualquier garantía sobre los efectos buscados convierten al bluetoothing en una conducta de alto riesgo.

Su difusión vuelve a poner sobre la mesa la importancia de fortalecer la información preventiva, la atención a las adicciones y el acceso a servicios de salud que permitan reducir los daños asociados al consumo de drogas.

El bluetoothing no es una forma segura de compartir los efectos de una sustancia. Es una práctica que puede exponer a las personas a enfermedades graves y consecuencias potencialmente mortales, sin garantizar siquiera el resultado que buscan experimentar.

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