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Sale Luisa María Alcalde: Morena se rompe desde dentro.

La salida de Luisa María Alcalde de la dirigencia de Morena no es un simple relevo. Llega en un momento donde las tensiones internas del partido ya no se pueden ocultar y donde la narrativa de unidad empieza a fracturarse desde adentro.

Durante su gestión, Morena dejó de operar como un bloque sólido y comenzó a evidenciar disputas abiertas entre sus propios grupos. Las candidaturas se convirtieron en el principal punto de quiebre, con acusaciones de imposiciones, favoritismo y procesos internos cada vez más cuestionados. Lo que antes se vendía como un partido cohesionado, hoy muestra señales claras de desgaste.

La pérdida de control político también se hizo evidente. Figuras del propio partido contradiciéndose públicamente, conflictos que salieron a medios y una falta de línea clara terminaron debilitando la estructura interna. Morena dejó de marcar agenda y comenzó a reaccionar, muchas veces tarde, ante crisis que lo rebasaron.

A esto se suma un problema más profundo: la dependencia del partido frente al gobierno. Morena terminó operando como una extensión del poder federal, perdiendo autonomía y capacidad de conducción propia. En ese escenario, también absorbió el desgaste de temas como la inseguridad y la economía, sin mecanismos para contener el costo político.

El resultado es un partido que sigue siendo dominante en números, pero que internamente muestra fracturas, desgaste y menor control. La salida de Luisa María Alcalde no explica por sí sola el problema, pero sí lo deja expuesto.

Porque más que un cambio de dirigencia, lo que se ve es un partido que empieza a enfrentar sus propias contradicciones.

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