El Tren Interurbano México–Toluca El Insurgente es el mejor ejemplo de cómo una infraestructura puede convertirse en trofeo discursivo. Hoy Morena lo presume como logro propio, pero la historia completa cuenta algo muy distinto: el proyecto fue arrancado por Enrique Peña Nieto, heredado casi terminado y concluido tras años de retrasos bajo gobiernos de la llamada Cuarta Transformación.
El tren fue anunciado en 2014, con una promesa clara: reducir tiempos de traslado, ordenar la movilidad metropolitana y entregar la obra en pocos años. Durante los primeros años, el avance fue acelerado. Al cierre del sexenio de Peña Nieto, el proyecto ya tenía la mayor parte de la obra civil realizada, estaciones definidas, tramos elevados y túneles construidos. Diversos reportes técnicos ubicaban el avance entre 80 y 90 %, aunque con pendientes complejas en zonas como Santa Fe y Observatorio.
Con la llegada de Andrés Manuel López Obrador al poder en 2018, el Insurgente dejó de ser prioridad. La obra se ralentizó de forma evidente, se revisaron contratos y el proyecto quedó prácticamente congelado mientras el gobierno concentraba recursos y narrativa en otras megaobras. Durante años, el tren avanzó a cuentagotas: sin fechas claras de conclusión, con ajustes técnicos constantes y con costos que no dejaban de crecer.
Paradójicamente, el último tramo —el más pequeño pero más complejo— tardó casi siete años en concluirse, pese a representar solo una fracción del proyecto total. El contraste es inevitable: años para terminar lo que se recibió prácticamente hecho.
Conforme el tren se acercaba a su conclusión, el discurso oficial también cambió. Lo que antes era una obra “heredada” comenzó a presentarse como resultado del esfuerzo de Morena, hasta convertirse en “logro del movimiento” y ejemplo de infraestructura propia. Pero los hechos son tercos: no lo iniciaron, lo frenaron y después lo reclamaron.
El Insurgente será útil, sin duda. Miles de personas lo usarán todos los días y su impacto en la movilidad será real. Pero la memoria pública importa. Porque terminar una obra no equivale a haberla planeado, financiado y construido desde el inicio, y apropiarse del trabajo ajeno no cambia la línea del tiempo.
En política, como en la historia, los proyectos no se reescriben con discursos, sino con hechos. Y este tren, por más que hoy se quiera pintar de un solo color, nació mucho antes de que llegara Morena al poder.

















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