La historia reciente de México está llena de gobiernos que presumieron golpes espectaculares contra el crimen organizado, capturas de capos y procesos contra políticos de alto nivel. Cada sexenio tuvo su narrativa: la guerra frontal, los objetivos prioritarios, el cambio de estrategia, los golpes de inteligencia. Pero detrás de todas esas cifras queda una pregunta mucho más incómoda: si tantos líderes criminales cayeron y tantos políticos fueron procesados, ¿por qué el país siguió atrapado en la violencia y la impunidad?
Durante el gobierno de Felipe Calderón se apostó por una ofensiva directa contra los grandes capos. Cayeron figuras relevantes y se golpearon estructuras criminales históricas, pero también comenzó una etapa marcada por la fragmentación de cárteles y una escalada de violencia que cambió para siempre la percepción de seguridad en México.
Con Enrique Peña Nieto llegó otra paradoja. Su administración reportó la captura de 110 de 122 objetivos prioritarios y durante ese sexenio fueron detenidos o procesados varios exgobernadores, incluidos algunos de su propio partido. Son datos difíciles de ignorar. Pero ese mismo gobierno quedó marcado por Ayotzinapa, la fuga del Chapo y una estrategia de seguridad cuya efectividad sigue siendo debatida.
Después vino el gobierno de Andrés Manuel López Obrador con una narrativa distinta: cambiar el modelo y pacificar al país desde otro enfoque. También hubo capturas relevantes y miles de detenidos, pero el sexenio cerró con cifras históricas de homicidios y con una discusión abierta sobre si realmente cambió la lógica del problema o solo cambió el discurso.
Ahora, con Claudia Sheinbaum, empieza a observarse un giro más operativo, con extradiciones, capturas recientes y una apuesta más visible por inteligencia y golpes de alto perfil. Pero todavía es pronto para saber si eso se traducirá en algo más profundo que cifras.
Y ahí aparece una conclusión incómoda. México ha confundido muchas veces capturar capos con resolver la violencia. También ha tendido a pensar que encarcelar políticos equivale automáticamente a combatir la corrupción. Pero la experiencia parece mostrar otra cosa: capturar líderes no siempre transforma las estructuras que producen violencia e impunidad.
Por eso la gran pregunta no es qué presidente atrapó más capos o encarceló más políticos. La verdadera pregunta es por qué, después de tantos golpes presumidos como históricos, el país siguió sangrando. Porque quizá ese sea el dato más duro de todos.















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