El Museo Nacional de Historia establece que el recinto no está disponible para eventos sociales o empresariales. Sin embargo, la FIFA pudo organizar ahí una cena privada con invitados VIP, dirigentes, empresarios, figuras públicas, espectáculo y una lista cerrada de asistentes.
El Gobierno intenta presentar la velada como una actividad cultural. Pero incluir música mexicana dentro de una cena de gala no cambia la naturaleza del evento. No fue una exposición abierta al público, una actividad académica ni un encuentro científico: fue un acto social y empresarial disfrazado de cultura para justificar una excepción.
El tema económico también deja dudas. México invirtió más de cinco millones de pesos en trabajos de mantenimiento y adecuación del Castillo, mientras la FIFA pagó poco más de un millón para utilizarlo durante una noche.
No está demostrado que toda la inversión pública se haya realizado exclusivamente para esa cena. Pero el contraste es inevitable: el Estado puso el patrimonio, los arreglos y la infraestructura; la FIFA obtuvo un escenario histórico por una cantidad menor a la recientemente invertida en el recinto.
Además, todavía falta conocer el costo real de la velada. No se ha explicado con claridad quién pagó la seguridad, la limpieza, el montaje, el personal, los seguros, la protección de las piezas históricas y cualquier operación adicional requerida para recibir a los invitados.
Decir que “la FIFA pagó” no basta mientras no se transparente qué cubrió exactamente ese dinero y cuánto terminó absorbiendo el Estado.
Claudia Sheinbaum aseguró que solo asistió durante 15 minutos, leyó una cuartilla y se retiró porque quedarse a cenar “no le correspondía”. Pero su explicación abre una contradicción todavía mayor: si no le correspondía formar parte de la cena, ¿por qué sí le correspondió permitir que se realizara en un recinto donde ese tipo de eventos está prohibido?
No haberse quedado a comer no la deslinda de la decisión política. Su gobierno abrió el Castillo, permitió la excepción y recibió a una organización multimillonaria como cliente preferente.
Para cualquier ciudadano o empresa, la respuesta oficial es que el museo no se renta para eventos sociales. Para la FIFA, aparentemente bastó agregar música, espectáculo y discurso institucional para convertir una cena empresarial en una supuesta actividad cultural.
Sheinbaum quiso marcar distancia del privilegio diciendo que no se quedó. Pero el privilegio ya había sido autorizado antes de que ella llegara a leer su cuartilla.
El problema no es si la presidenta cenó o no. El problema es que su gobierno dobló las reglas, abrió el patrimonio nacional y permitió que la FIFA celebrara una fiesta privada en un lugar donde oficialmente no se puede.

















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