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Faltan 48 días para el Mundial y el país que lo recibe no cambia.

México está listo para el Mundial 2026. Tres ciudades sede, estadios renovados, inversión millonaria, logística internacional y un despliegue que promete estar a la altura de uno de los eventos más importantes del planeta. El discurso es claro: todo está preparado para recibir al mundo. Pero el Mundial no llega a un país nuevo. Llega al México que ya existe.

Un país donde la violencia no es excepcional, es constante. Donde los homicidios forman parte de la estadística diaria y los tiroteos pueden ocurrir en restaurantes, calles o espacios públicos, en plena vida cotidiana. Donde en estados que serán sede del torneo han aparecido cuerpos mientras se afinan detalles del evento. Donde hay más de cien mil personas desaparecidas y miles de familias siguen buscando respuestas.

El Mundial tendrá seguridad. Estadios blindados, hoteles resguardados, rutas controladas, operativos especiales. Una burbuja diseñada para que el evento funcione, para que la experiencia del visitante sea segura dentro de ese perímetro. Pero esa burbuja tiene límites. Basta salir de ella para volver a un entorno donde la protección no es la misma y donde la realidad del país sigue su curso.

Turistas, aficionados y prensa no solo llegarán a un espectáculo deportivo. Llegarán a un contexto. A un país donde la violencia no avisa, donde no siempre distingue zonas ni momentos, y donde la percepción de riesgo no es gratuita. No es un problema del Mundial. Es el entorno en el que se desarrollará.

La pregunta no es si el evento saldrá bien. México ha demostrado que puede organizar espectáculos de gran escala. La pregunta es qué pasa fuera de la foto, fuera del estadio, fuera del operativo. Porque los reflectores pueden iluminar el torneo, pero no apagan lo que ocurre alrededor.

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