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La CDMX se está hundiendo y ahora puede verse desde el espacio.

La Ciudad de México se está hundiendo, y ya no es solo una advertencia de especialistas o una grieta visible en una calle. Nuevas mediciones satelitales de la misión NISAR, desarrollada por la NASA y la Agencia Espacial de la India, permitieron observar con mayor precisión cómo algunas zonas de la capital descienden a un ritmo superior a dos centímetros por mes. El fenómeno no es nuevo: la ciudad lleva más de un siglo hundiéndose. Lo que cambió ahora es que el problema puede medirse desde el espacio con una claridad que vuelve imposible ignorarlo.

La causa principal está debajo de la ciudad. La capital fue construida sobre el antiguo sistema lacustre del Valle de México, con suelos blandos, arcillosos y altamente compresibles. Durante décadas, la extracción intensiva de agua del subsuelo ha provocado que esos sedimentos pierdan presión, se compacten y hagan descender el terreno. En pocas palabras: la ciudad saca agua de abajo para sobrevivir, pero esa misma extracción está haciendo que el suelo baje.

Esa es una de las paradojas más graves del problema. La CDMX se hunde por extraer agua, pero al mismo tiempo enfrenta una crisis de agua. Mientras más depende del acuífero, más presión ejerce sobre el subsuelo; y mientras más se hunde, más se dañan tuberías, drenajes, calles e infraestructura básica. Es un círculo vicioso que afecta tanto el abastecimiento como la estabilidad física de la ciudad.

El hundimiento tampoco ocurre de manera uniforme. Hay zonas que descienden más rápido que otras, y esa diferencia vuelve el problema más peligroso. Cuando una parte del terreno baja más que otra, aparecen grietas, fracturas, inclinaciones y daños estructurales. Por eso no se trata solo de que “la ciudad baje”, sino de que se deforma de manera desigual.

Entre las zonas más señaladas por este fenómeno están Iztapalapa, Tláhuac, el entorno del Aeropuerto Internacional Benito Juárez y partes del Centro. Ahí los efectos ya se observan en viviendas, pavimentos, redes de agua y drenaje, e incluso en infraestructura de transporte como el Metro. También hay símbolos históricos que muestran el paso del tiempo y del hundimiento, como el Ángel de la Independencia, cuya base ha tenido que adaptarse porque el terreno a su alrededor descendió durante décadas.

Lo más delicado es que gran parte del daño no se revierte fácilmente. Cuando las arcillas del subsuelo se compactan, no recuperan su volumen original en escalas humanas de tiempo. Es decir, no basta con detener el problema para volver al punto anterior. Muchas de sus consecuencias ya forman parte de la estructura urbana de la ciudad.

Expertos han advertido que, si la tendencia continúa, algunas zonas podrían enfrentar condiciones cada vez más difíciles por la combinación de hundimientos, inundaciones, fracturas y falta de agua. La alerta no es que la Ciudad de México vaya a desaparecer de un día para otro, sino que su deterioro avanza lentamente, de forma constante y acumulativa.

Y quizá eso es lo más inquietante. La CDMX no se está hundiendo de golpe. Se está hundiendo poco a poco, mientras millones de personas siguen viviendo, trabajando y moviéndose encima de un suelo que ya no está quieto.

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