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México cayó siete lugares en el Índice Mundial de Competitividad y el dato vuelve a exhibir una contradicción incómoda para el discurso oficial.

De acuerdo con la medición, el país pasó del lugar 55 al 62 entre 70 economías evaluadas, un retroceso importante para una nación que presume ubicación estratégica, mercado interno, industria exportadora y oportunidad histórica por el nearshoring.

El problema no está en la falta de potencial. México tiene tamaño, mano de obra, conexión con América del Norte y capacidad industrial. Lo que no tiene, según el índice, son suficientes condiciones institucionales, regulatorias y de infraestructura para aprovechar esas ventajas.

El golpe más fuerte aparece en eficiencia gubernamental, donde México quedó en el lugar 62. Ese rubro mide elementos como fortaleza institucional, manejo público, regulación, finanzas y entorno para hacer negocios.

En otras palabras, el país no cae porque le falten oportunidades, sino porque el gobierno y las instituciones no están logrando convertir esas oportunidades en competitividad real.

También pesa el rezago en infraestructura. Para competir mejor, México necesita mejores carreteras, energía confiable, tecnología, educación, logística y condiciones que permitan atraer inversión sin que el entorno burocrático o la incertidumbre regulatoria se conviertan en obstáculos.

Mientras el discurso oficial presume crecimiento, estabilidad y un momento histórico para el país, los datos muestran una realidad menos cómoda: México sigue teniendo potencial, pero cada vez menos condiciones para aprovecharlo.

La caída en competitividad no es solo un número en un ranking internacional. Es una advertencia sobre lo que pasa cuando un país tiene oportunidades enfrente, pero no construye el gobierno, las instituciones y la infraestructura necesarias para convertirlas en desarrollo.

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