Merlín se convirtió en uno de los personajes más queridos del torneo después de aparecer con la playera de la Selección Mexicana durante los festejos por la victoria frente a Sudáfrica. Entre miles de aficionados, banderas y celebraciones, las redes simplemente se enamoraron de él.
Pero Merlín no apareció de la nada. Desde hace años acompaña a su familia por las calles del Centro Histórico y la Alameda Central de la Ciudad de México, donde venden aguas y refrescos. Su presencia ya llamaba la atención de visitantes y, para muchos turistas, era una auténtica celebridad local.
Todo explotó cuando apareció entre cientos de aficionados en Paseo de la Reforma y el Ángel de la Independencia. Las imágenes del pato vestido con los colores de México comenzaron a circular y los comentarios fueron prácticamente unánimes: “Llévenlo al estadio”, “ya es la mascota oficial” y “todos somos Merlín”.
La historia llegó tan lejos que medios internacionales, como Associated Press, le dedicaron reportajes completos. Sin una campaña millonaria, una presentación oficial o una estrategia publicitaria, Merlín logró algo que las mascotas del Mundial todavía no consiguen con claridad: que la gente lo reconozca, lo recuerde y le tenga cariño.
Merlín no juega, no mete goles, no cobra millones y ni siquiera es la mascota oficial. Pero hoy tiene algo que nadie puede quitarle: probablemente ya es el personaje más conocido y querido del Mundial en México.
















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