Claudia Sheinbaum defendió la educación pública y criticó la idea de que las escuelas privadas son mejores. Durante un evento de entrega de becas en Tabasco, la presidenta imitó el discurso de quienes presumen que sus hijos estudian en colegios particulares y afirmó que la educación pública es “la mejor de todas”.
Pero la frase abre una discusión mucho más incómoda para el gobierno: si la educación pública está tan bien, ¿por qué tantas familias hacen sacrificios enormes para buscar otra opción?
Porque no todos mandan a sus hijos a una escuela privada por presumir, por clasismo o por aspiración social. Muchas familias lo hacen porque perdieron la confianza en un sistema público que arrastra años de abandono: planteles deteriorados, grupos saturados, falta de internet, carencias básicas, rezago educativo y una enorme desigualdad entre escuelas.
Ahí está el problema del discurso oficial. Presumir becas puede ayudar a muchas familias, pero una beca no repara un salón en malas condiciones. No sustituye maestros suficientes. No mejora por sí sola la calidad del aprendizaje. No resuelve el abandono escolar ni borra los efectos de años en los que la educación pública dejó de ser prioridad real.
La educación pública debería ser uno de los grandes orgullos del país. Debería ser el espacio donde cualquier niña, niño o joven pueda recibir formación de calidad sin importar cuánto gane su familia. Pero para defenderla no basta decir que es la mejor desde un micrófono. Hay que demostrarlo en las aulas.
Burlarse de quienes buscan una escuela privada no mejora ninguna escuela pública. Al contrario: exhibe lo lejos que está el gobierno de aceptar el tamaño del problema. Porque cuando una familia paga colegiatura, muchas veces no está comprando estatus; está intentando comprar certeza, atención, continuidad y mejores condiciones para sus hijos.
La discusión no debería ser pública contra privada. La discusión debería ser por qué el Estado no ha logrado garantizar una educación pública tan fuerte que las familias no sientan que deben escapar de ella.
Sheinbaum puede defender la educación pública todo lo que quiera. Pero mientras miles de escuelas sigan trabajando con carencias, el discurso sonará más a propaganda que a realidad.















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