El Instituto Nacional Electoral volvió a colocarse bajo la lupa después de que una de sus fachadas apareciera pintada de color guinda, un tono inmediatamente asociado con Morena y con la identidad visual de la llamada Cuarta Transformación.
Las imágenes comenzaron a circular en redes sociales y provocaron críticas, burlas y cuestionamientos sobre la apariencia de imparcialidad que debe mantener el árbitro electoral.
Ante la polémica, el INE explicó que el guinda no era el color definitivo de la fachada, sino únicamente una capa base dentro de los trabajos de mantenimiento y pintura.
Posteriormente comenzó a recuperarse el rosa tradicional que durante años ha formado parte de la identidad visual del Instituto.
La explicación técnica puede ser suficiente para justificar el proceso de pintura, pero políticamente el episodio resultó mucho más incómodo.
El INE no es cualquier institución. Su función exige independencia frente a todos los partidos políticos y, por ello, incluso los símbolos y colores que proyecta pueden convertirse en materia de cuestionamiento público.
La polémica también llega en un momento en que el Instituto enfrenta presiones y críticas desde distintos frentes sobre su actuación, sus decisiones y su relación con las fuerzas políticas.
No existe evidencia de que el INE haya decidido adoptar oficialmente el guinda de Morena ni de que el cambio haya tenido una intención partidista.
Sin embargo, la imagen bastó para detonar la conversación: cuando se trata del árbitro electoral, hasta una capa de pintura puede convertirse en un problema político.
El guinda terminó siendo temporal, pero la discusión que dejó fue mucho más profunda: para una institución encargada de garantizar equidad e imparcialidad, incluso parecerse por unas horas al partido en el poder puede resultar incómodo.














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