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Medicinas en máquinas: el gobierno promete modernidad, pero el problema sigue siendo el desabasto.

El gobierno federal anunció que la Secretaría de Salud instalará dispensadores automáticos de medicamentos gratuitos a partir de 2027, como parte del nuevo Servicio Universal de Salud. La propuesta suena moderna: surtir recetas de manera más rápida, cerca de casa y con apoyo de tecnología. Pero el problema de fondo no ha sido la fila, ni la ventanilla, ni el lugar donde se entrega el medicamento. El problema ha sido el desabasto.

De acuerdo con lo anunciado, estas máquinas buscarían facilitar la entrega de medicinas, especialmente para adultos mayores y personas con discapacidad. En zonas urbanas funcionarían como dispensadores automáticos, mientras que en comunidades rurales también se contempla utilizar Tiendas del Bienestar como puntos de distribución.

En papel, la idea parece práctica. Una persona recibiría su receta, acudiría a un punto cercano y podría obtener su medicamento sin atravesar procesos largos o traslados complicados. Pero la pregunta es inevitable: ¿de qué sirve una máquina si no hay medicinas suficientes para llenarla?

México lleva años arrastrando una crisis de abasto en el sistema público de salud. Familias enteras han tenido que buscar tratamientos por fuera, comprar medicamentos con sus propios recursos, recorrer hospitales, farmacias y oficinas públicas, o quedarse con recetas incompletas. Ese problema no se resuelve con una pantalla, un código o una máquina automática.

La tecnología puede ayudar a ordenar procesos, reducir tiempos y acercar servicios. Pero no sustituye lo esencial: compras bien planeadas, distribución eficiente, inventarios suficientes, transparencia y capacidad real para garantizar medicamentos a quienes los necesitan. Sin eso, el riesgo es que el gobierno solo cambie el lugar donde la gente espera.

El anuncio también llega en un contexto donde el sistema de salud ha sido una de las grandes deudas del país. Mientras el discurso oficial habla de universalidad y modernización, miles de pacientes siguen enfrentando la misma realidad: no siempre encuentran lo que necesitan en el sector público y terminan pagando por fuera lo que el Estado debería garantizar.

Por eso, el debate no es si las máquinas son buenas o malas. El debate es si el gobierno realmente tiene capacidad para abastecerlas. Porque una máquina dispensadora puede verse moderna, pero si está vacía, solo digitaliza el fracaso.

El gobierno promete medicinas en máquinas. Pero la pregunta básica sigue sin respuesta: ¿van a llenar los dispensadores o solo van a modernizar el desabasto?

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