Claudia Sheinbaum encabezó un acto en el Monumento a la Revolución y colocó la soberanía nacional en el centro de su discurso. Habló de injerencia extranjera, de campañas digitales, de bots, de inteligencia artificial y de riesgos rumbo a 2027. Pero más allá de la bandera patriótica, el mensaje dejó una lectura mucho más delicada: el poder empieza a construir una narrativa donde cualquier crítica puede convertirse en ataque, cualquier cuestionamiento en desinformación y cualquier resultado incómodo en intervención extranjera.
La presidenta acusó riesgos de injerencia desde el exterior justo cuando Morena enfrenta uno de sus momentos más complicados por los señalamientos ligados a Sinaloa. Estados Unidos ha señalado a figuras cercanas al movimiento, hay comparecencias, investigaciones y procesos abiertos, pero el discurso oficial insiste en reducirlo todo a acusaciones sin pruebas o a una ofensiva política contra México.
Ese es el problema. La soberanía es una causa legítima y necesaria. Ningún país debe permitir que gobiernos extranjeros decidan sus elecciones, financien campañas o manipulen procesos internos. Pero cuando el concepto se usa desde el poder para blindar a un partido, para descalificar investigaciones incómodas o para preparar excusas electorales, deja de ser defensa nacional y empieza a parecer estrategia de control.
Sheinbaum también habló de bots, redes sociales e inteligencia artificial. Dijo que existen campañas para manipular la percepción de la realidad. El punto es que, si el gobierno se coloca como juez de qué es verdad y qué es una campaña en su contra, la libertad de expresión queda en una zona peligrosa. Porque una cosa es combatir desinformación y otra muy distinta es usar ese argumento para desacreditar todo lo que incomoda al régimen.
Cuando al poder le molesta una acusación, la llama ataque. Cuando le incomoda una crítica, la llama mentira. Cuando le incomoda un medio, lo acusa de campaña. Y ahora, cuando le pueda incomodar una elección, también podría llamarla intervención extranjera.
Ahí está el riesgo de fondo. No se trata solo de lo que Sheinbaum dijo en un discurso. Se trata del camino que está marcando Morena rumbo a 2027: una narrativa donde el país está bajo amenaza externa, la oposición aparece como aliada de intereses extranjeros y el gobierno se presenta como único defensor legítimo de la nación.
Eso no suena a una democracia fuerte. Suena a un régimen que busca controlar la conversación pública, señalar enemigos y preparar el terreno para descalificar cualquier crítica o resultado que no le convenga.
La pregunta ya no es solamente si México debe defender su soberanía. Claro que debe hacerlo. La pregunta es si Morena está usando esa defensa para proteger al país o para protegerse a sí mismo.
Porque una democracia no se rompe de golpe. Se rompe poco a poco, cuando el poder empieza a llamar “enemigo”, “injerencia” o “mentira” a todo lo que no puede controlar.

















Leave a Reply