Claudia Sheinbaum volvió a levantar la bandera de la soberanía. Esta vez, el mensaje fue dirigido al embajador de Estados Unidos en México, Ronald Johnson, a quien pidió respetar los “asuntos internos” del país después de que el diplomático habló sobre la lucha contra el narcotráfico y pidió no politizar el combate a los cárteles. La respuesta de la presidenta fue clara: los asuntos de México le corresponden a los mexicanos.
El problema no está en defender la soberanía. Eso importa. El problema está en usarla como escudo selectivo cada vez que un tema incomoda al poder. Cuando desde Estados Unidos se habla de narcotráfico, corrupción, extradiciones, cárteles o seguridad en México, el gobierno responde con acusaciones de injerencia, notas diplomáticas y discursos de defensa nacional. Pero cuando se trata de otros países, la 4T sí opina, condena, interpreta procesos políticos y da lecciones desde Palacio Nacional.
Ahí aparece la doble vara. La misma administración que pide a los diplomáticos extranjeros no meterse en los asuntos internos de México ha opinado sobre Venezuela, Ecuador, Estados Unidos y otros países cuando el tema sirve a su narrativa política. La soberanía, entonces, deja de parecer un principio permanente y empieza a verse como una herramienta conveniente: se invoca cuando protege al gobierno, pero se olvida cuando el gobierno quiere hablar del mundo.
El caso de Ronald Johnson expone esa contradicción. El embajador no habló de un tema menor ni aislado. Habló del narcotráfico, un problema que cruza fronteras, mueve dinero, armas, drogas y violencia, y que afecta directamente la relación entre México y Estados Unidos. La discusión no puede reducirse a “asuntos internos” cuando el crimen organizado opera como fenómeno transnacional y cuando ambos países presumen cooperación bilateral para combatirlo.
Sheinbaum quiere poner límites al discurso de Estados Unidos sobre México, pero al mismo tiempo su gobierno mantiene una postura activa sobre conflictos, elecciones y decisiones internas de otros países. Ese es el punto político de fondo: no se puede pedir silencio absoluto cuando se recibe crítica y exigir micrófono cuando se quiere opinar hacia afuera.
La soberanía no debería ser una cortina para evadir preguntas incómodas. México tiene derecho a exigir respeto, pero también tiene la obligación de responder con claridad cuando el tema es narcotráfico, seguridad y corrupción. Porque esos problemas no desaparecen por llamarlos “asuntos internos”.
Sheinbaum pide que no hablen de México, pero ella sí habla del mundo. Y en esa contradicción, la defensa de la soberanía empieza a sonar menos como principio de Estado y más como estrategia política.

















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