“Quien amenaza la soberanía mexicana no es Estados Unidos, no es España y no es la historia.” Con esa frase, Cayetana Álvarez de Toledo, diputada española, vino a México y golpeó directo uno de los discursos favoritos de Claudia Sheinbaum y de la 4T: la soberanía.
La crítica no fue ligera. Cayetana sostuvo que las verdaderas amenazas para México están dentro del propio país y tienen nombre: crimen organizado, populismo autoritario y dependencia. Su mensaje fue frontal porque no se quedó en el debate diplomático ni en la eterna discusión histórica con España. Llevó el tema al presente, a la violencia, a las fosas, a los desaparecidos y al poder que el narcotráfico ha ganado en distintas regiones del país.
El golpe más fuerte llegó cuando contrastó el reclamo de Sheinbaum a España por la Conquista con la realidad de miles de familias mexicanas que siguen buscando a sus desaparecidos. Mientras el gobierno insiste en exigir disculpas por el pasado, Cayetana le recordó a la presidenta que en México hay madres buscadoras removiendo tierra para encontrar a sus hijos.
También habló de Jalisco y de una frase que retrata el nivel de normalización del horror: dijo que aparecen tantas fosas que ya ni se vuelven noticia. Ese señalamiento pega porque desnuda una realidad durísima: en México, lo que debería sacudir al país todos los días empieza a perder espacio frente a la costumbre, la indiferencia y la saturación de tragedias.
Cayetana también fue contra el narcotráfico. Dijo que un país no puede presumirse soberano si su gente no puede salir a la calle, abrir un negocio o vivir sin pedirle permiso al crimen. La soberanía, en ese sentido, no se mide solo en discursos contra gobiernos extranjeros, sino en la capacidad real del Estado para proteger a sus ciudadanos.
La frase más dura fue cuando vinculó al narco con el poder político: “Cuando el narco necesita impunidad y el populismo necesita dinero y amparo, la fusión tiene un nombre, narcoestado”. La acusación fue directa, incómoda y políticamente explosiva, porque puso sobre la mesa una pregunta que el gobierno evita responder de fondo: ¿de qué sirve hablar de soberanía si hay territorios donde manda el crimen?
Sheinbaum respondió con burla. Cuestionó que una diputada española viniera a México a hablar de soberanía mexicana. Pero no respondió lo esencial: las fosas, los desaparecidos, las madres buscadoras, la extorsión, el miedo cotidiano y el poder del narco.
Ahí está el punto central de la discusión. El gobierno puede descalificar al mensajero, puede burlarse del origen de Cayetana y puede refugiarse otra vez en la narrativa de la soberanía. Pero el fondo sigue ahí: México enfrenta una crisis de violencia que no desaparece por convertir cada crítica en una supuesta agresión extranjera.
Cayetana cerró con un golpe político diseñado para incomodar: “Soberanía o crimen organizado. Soberanía o populismo autoritario. Soberanía o dependencia. Soberanía o narcoestado”. Y luego remató: “Pónganle ustedes las siglas o el nombre y apellido”.
La frase quedó flotando porque resume el choque de fondo. Sheinbaum defiende la soberanía como bandera política, pero Cayetana le respondió que la soberanía no se defiende peleando con España ni mirando al pasado, sino enfrentando el presente: el narco, las fosas, los desaparecidos y el miedo que sigue marcando la vida de millones de mexicanos.

















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